Por: Horacio Cárcamo Álvarez
Si no cuidamos lo que nos pertenece nadie lo hará, y no faltará quien se aproveche de ese abandono para llevarse lo que no es suyo.
Una participación activa entendida como “forma de intervención social, que le permite a los individuos reconocerse como actores, que al compartir una situación determinada tienen la oportunidad de identificarse a través de intereses, expectativas y demandas comunes…”, es el mejor formato para la custodia de lo público. Nada mejor para defender al queso del ratón.
La participación es un instrumento que desde la década de los sesenta en América Latina se concibió como “una alternativa para la construcción de consenso y como un medio para contener la discrecionalidad de la burocracia”. Es por esencia una oportunidad para el fortalecimiento de los mecanismos pacíficos en la resolución de tensiones y conflictos que se generan en el seno de la sociedad, especialmente aquellos relacionados como consecuencia del ejercicio del poder.
En Colombia con las reformas de 1986 y 1991, se pretendió incorporar a la vida nacional a vastos sectores de la marginalidad, que no se sentían representados en las instituciones democráticas optando por una indiferencia peligrosa ante los asuntos de la conducción del Estado. Muchos encontraron como canales de expresión de esas restricciones a los movimientos subversivos, y otro tanto, de significativo valor opto por “el me importa un culismo”, que alcanzo su máxima en la corrupción, la abstención política y la impunidad.
Los esfuerzos de las reformas referidas pese a sus logros significativos, particularmente los cifrados en la participación ciudadana y política en roles de la administración como: la representación de los usuarios de servicios en las juntas directivas de las empresas públicas, los comités de veedurías, la revocatoria, consultas y referéndums respectivamente, no han sido suficiente, y su utilización debe reforzarse con campañas masivas de divulgación y culturización, amén de unos ajustes legales que los hagan más “agiles y sencillos”, como lo propuso alguna vez el doctor Serpa.
La participación es la mejor manera de quebrarle el espinazo al absolutismo en el ejercicio del poder. Para el maestro Duverger “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El control y el seguimiento a la actividad pública a través de los instrumentos de participación, particularmente en los procesos de contratación administrativa, evitan o por lo menos atenúa, tentaciones malsanas que no faltan en el gobernante.
En el tiempo de la paz, que hoy sintoniza a los colombianos en una sola frecuencia, la participación se convierte en herramienta de la conveniencia social y la tolerancia política. Innovadora además en las tardes de la modernización que conllevan a la eficiencia en la utilización de recursos oficiales, generando en los asociados un sentido de pertenencia y defensa a los bienes de la unión. Los pueblos que participan se transforman para bien, y se convierten en agentes responsables de su propia suerte en la construcción del destino común.
P/P: Cuando los pueblos se convencen de la protesta y se movilizan es difícil derrotarlos. Los tanques de la represión parecen simple juguetes y al arma del matón no se le teme. Mubarak cayo, y como todos los de su calaña huyo con lo que se pudo llevar a disfrutar de los millones de dólares que robo.

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