Por: Horacio Cárcamo Álvarez
El 11 de noviembre de 1811, hacen exactamente 199 años, Cartagena se independizó del gobierno de la corona española. No obstante que la habían precedido otras ciudades, los cartageneros le imprimieron a su independencia un componente inédito frente a la dubitativa postura frente al Rey que caracterizo a las otras constituciones independentistas.
En Cartagena bajo la supervisión popular de los getsemanicenses liderados por don Pedro Romero, la Junta de Gobierno promulgo en bando la decisión de separarse definitivamente de España y, del mismo modo en representación del pueblo juraban "derramar hasta la última gota de sangre antes que faltar a tan sagrado compromiso".
Y ha bien que el pueblo cumplió con su palabra; solo lo pudo vencer el hambre después de 106 días de espantoso asedio durante el cerco de Murillo a la ciudad en 1815, militar a quien restituido Fernando VII en el trono se le había encomendado la tarea de reconquistar para la corona los antiguos territorios del imperio.
El primer sueño de libertad hecho realidad se esfumaba por cuenta del terror de la reconquista Española, a quienes el triunfo solo les duraría, apenas, el tiempo necesario que los patriotas requerían para nuevamente enrumbar la suerte de las jóvenes naciones por la senda de pueblos libres, que en el Olimpo le habían precisado la confabulación de los Dioses.
A inicios del siglo XIX eran muchas las razones que hacían insostenible el gobierno colonial; la guerra de independencia de los Estados Unidos de América, la revolución francesa con sus principios reivindicativos, las disensiones en la familia real y el descredito de las autoridades del rey, entre otras precipitaron la rebelión de las colonias hasta el punto de hacerla inevitable.
Nariño izo las banderas de Galán, el comunero; las mismas de Miranda, el trotamundos; para quien no había gloria mayor que morir por la patria y quien desde puerto Cabello mostraba al joven coronel Bolívar el camino de la gloria. Sin que fuera fácil era cuestión de tiempo.
La victoria y la libertad eran inexcusables. Las oraciones, el verbo y todo cuanto hacían los patriotas eran premonitorios de tribunos que no temían ni a los peligros de Odiseo. En Bárbula Girardot clamaba al Dios poderoso le permitiera clavar el estandarte del ejército de la libertad donde se mecía altanero el del español furioso. La sangre patriota que se derramaba por cuenta de la turbada bayoneta del ejército realista se convertía en nuevos gérmenes de vida, en anhelos de emancipación y libertad irresistible.
Es importante conmemorar esta fecha para no olvidar el derroche de patriotismo y coraje de nuestros antepasados recientes, pero ante todo lo es, para mirar en el espejo del pasado las realidades del presente. Entender que otros yugos, iguales o peores, esclavizan y martirizan al pueblo, quien sufre dolor por cuenta de nuevos tiranos que se sañan sin misericordia ocasionándole pobreza y males mayores.

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